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Esta semana la Honorable Sonia Sotomayor fue instalada como Juez de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos. Su acceso a la máxima corte del país, le asegura un lugar en la historia: es la primera persona (y la primera mujer) hispana que obtienen ese logro y con él, el más excelso honor cívico que haya alcanzado un hispano en la historia de este país hasta hoy.
No es poca la honra ni el “orgullo de raza” que sentimos todos los hispanos que vivimos en los Estados Unidos. El hecho de que una hija de emigrantes puertorriqueños haya ascendido al tope de la estructura gubernamental del país es motivo de de alta celebración.
Otra heroína de esta hazaña es su madre, Celina Báez de Sotomayor, quien viuda con hijos chicos, trabajó para darles la mejor educación. Su fruto en su hija mayor servirá de aliento para todas aquellas madres que sacrifican sus vidas para criar hijos solas. Lo es también para todos los emigrantes, para quienes Sonia Sotomayor demuestra que el “sueño norteamericano” de que en esta tierra todo es posible para quienes se lo proponen y trabajan con denuedo e inteligencia, es verdad.
La Honorable Juez viene de un trasfondo humilde. Nació de un padre con escasa educación que no hablaba Inglés hasta que falleció, cuando ella tenía nueve años. Su familia vivió en barrios decididamente pobres donde el crimen abundaba durante toda su infancia. Sonia Sotomayor se suma así a su colega Clarence Thomas, otro católico de procedencia minoritaria y de clase humilde que sirve en la Suprema Corte desde 1991.
Pese a todo ese orgullo y el encomio que la nueva Juez se merece, su ascensión despierta sentimientos contradictorios en algunos ciudadanos. Me recuerda el día en que el primer presidente de descendencia negra fue electo en este país. La inmensa mayoría de la nación, por no decir toda ella, se sitió justamente orgullosa de haber electo y a alguien de una raza históricamente discriminada. Aún quienes no concordamos con su política celebramos aquel hito. Personalmente compartí un gozo indescriptible con mis hermanos de raza negra, con quien era imposible no celebrar una victoria común a todos.
De igual manera, cuando una persona de descendencia hispana asciende por primera vez a la Corte Suprema de Justicia, todos los que estamos conscientes de la larga marcha que esto ha costado, a ella y a muchos otros que le prepararon el camino, nos regocijamos. Es un logro para todos. Ella representa un orgullo legítimo para toda mujer, para todo hispano, para todo aquel que proviene de raíces humildes y para todo aquel que ama la igualdad de oportunidades. El programa de acción afirmativa le habrá abierto las puertas de Princeton, pero fue élla quien se ganó por sí sola el primer lugar entre sus compañeros en la escuela secundaria, en Princeton y en Yale.
Todo esto no elimina mi preocupación de que en la Corte Suprema de Justicia se sienta una persona que no cree en la universalidad de la ley, sino que la ve desde una perspectiva étnico-política. En una conferencia en Inglaterra en 1996, Sotomayor describió la ley como un sistema dinámico que evoluciona como la sociedad: “La ley que los abogados practican y que los jueces declaran no es una ley con una “L” mayúscula como a muchos les gustaría pensar que existe.”
Ella Sonia María Sotomayor viene de un trasfondo activista en pro de los derechos civiles de las minorías. En Princeton Sotomayor co-fundó “Acción Puertorriqueña”, la primera organización de estudiantes puertorriqueños de esa universidad, (cuya fundación apoyé a través de mi amiga y discípula Josie Torres) y al graduarse citó junto a su foto en el libro conmemorativo a un pensador socialista, Norman Thomas: “No abogo causas perdidas, sino causas que están aún por ganar.” Como estudiante de leyes formó parte de la asociación estudiantil de estudiantes negros, latinos y asiáticos, y adoptó una terminología “tercermundista” en algunos de sus discursos. Y por doce años fue miembro de la junta del Fondo Puertorrqueño para la Defensa de los Derechos Legales y la Educación.
Es que Sonia María Sotomayor fue parte de la generación de puertorriqueños (o “newyorriqueños”, como ella se ha declarado), que gestaron, diez años después que nuestros hermanos negros, la lucha por la reivindicación de los derechos de su gente. Y al alcanzar la primera magistratura judicial del país, sigue los pasos de otro paladín de su raza, el Presidente Barak Obama.