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Trato de de leer la historia a través de los ojos de Dios, y así cultivar un oído sensible a su voz. Cuando lo logro, Él me lleva con frecuencia a reflexionar sobre cómo interpretarán los del “otro lado” el documento o evento en cuestión. Contemplar las cosas desde la perspectiva de los demás me ha ayudado a ser más sensible a la perspectiva multi-cultural.
Pocos tejanos anglosajones se dan cuenta de que cuando sus vecinos hispanos oyen el grito “Recuerden el Álamo” (llamando a vengar la matanza del Álamo) muchos se sienten rechazados y mal queridos por sus vecinos anglos. Ese grito de guerra evoca otros dos que fueron usados en guerras entre gente de habla inglesa contra enemigos de habla hispana: “Recuerden la Armada” and “Recuerden el Maine”. Uno nació de la batalla naval en que las superiores fuerzas invasoras de España fueron destrozadas por las inglesas, y el otro el sabotaje de un barco en el puerto de la Habana que provocó la guerra entre España y los Estados Unidos. Esos gritos de guerra evocan memorias de rechazo, experiencia familiar a la mayoría de los emigrantes hispanos y por ende atribula y hiere a muchos hispanos.
Por otra parte, sé que para muchos tejanos el grito de “Recuerden el Álamo” expresa su celo por los principios de libertad por los que dieron la vida los héroes de la independencia tejana. Ellos se llenan de orgullo patriótico y se comprometen a defender con la vida si es necesario, la libertad que compraron sus próceres; muchos tejanos creen y enseñan a sus hijos esa tradición.
¿Qué hacer ante tan dispares perspectivas? Como cristianos creo que debemos abstenernos de usar palabras que sabemos ofenden a otros. Como embajadores de la reconciliación estamos llamados a amar a nuestros enemigos, y por tanto jamás a incitar odio contra aquellos que no nos gustan o con los que desacordamos. Los cristianos bíblicos no luchamos contra los “infieles”, los de raza mixta ni los musulmanes.
El patriotismo es una virtud, una manera noble de amar a la patria, pero debemos guardarnos de una versión “carnal” del patriotismo que es arrogante, prepotente, innoble, y que ofende a Dios. Pretende basarse sobre principios nobles, pero en realidad entrona la carne y ofende el Espíritu. El amor del cristiano por su patria es una extensión del gran mandamiento de Cristo, de amar a nuestro prójimo “como a ti mismo”, o sea, con un amor igual al que nos tenemos a nosotros. Tal amor “no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso, no se comporta con rudeza, no es egoísta”(1 Cor 13:4,5).
El patriotismo cristiano debe distinguirse del nacionalismo, la convicción de que “nosotros” somos mejores que “los demás”, expresada en slogans como “My patria, con o sin razón”. Debemos usar nuestros símbolos patrios debidamente, nunca en una forma que divide ni ofende al prójimo. Por ejemplo, cuando los inmigrantes prostamos contra el abuso usando la bandera de nuestra patria de origen, nos dividimos de la gente cuya comprensión queremos ganar, y provocamos a ira el patriotismo de nuestros anfitriones norteamericanos.
El verdadero patriotismo, el que se necesita para edificar una nación “bajo Dios” requiere sacrificio, no sólo en el campo de batalla. A veces tenemos que sacrificar voluntariamente nuestras preferencias por amor a los demás y por el bien común. Como cristianos siempre debemos sacrificar nuestros prejuicios, temores y preferencias, por amor a Cristo. A mi juicio, insistir en izar la bandera de la Confederación Sureña, usar gritos como “Recuerden el Álamo”, o usar nuestra bandera extranjera durante una confrontación es insistir en una tradición, at expensas del amor. Conlleva un gran precio: divide y debilita nuestra nación y nos roba la bendición divina.
Queremos reedificar nuestra nación sobre los principios cristianos, pero éstos siempre requieren un precio; se edifican sobre las ruinas de la carne, no sobre fundamentos carnales. Por tanto, ninguno debe de aferrarse a tradiciones de su pueblo de tal manera que ofenda a otros. La auténtica unidad requiere que abandonemos lo que divide y escojamos unirnos con el otro en obediencia a Dios. Sólo entonces podremos edificar “una nación bajo Dios.”
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