(Click here for English Translation) Recientemente pasé una semana en Puerto Rico, ministrándole docenas de familias, matrimonios e hijos solteros. Al tratar los temas pertinentes a esos grupos, tuve ocasión de meditar sobre el conflicto que suele haber entre ciertos valores culturales del hombre natural en nuestra cultura hispana y los valores del Reino.
Uno de esos valores se manifestó en la reacción de un líder cristiano cuando yo propuse que los pastores debieran predicar exhortar a los hombres que están ya en condiciones se apoyar un hogar, que se casen con las viudas jóvenes de la congregación (entre las que yo incluyo a las mujeres abandonadas y a las madres solteras). Después de todo, eso es lo que dice el Apostol Pablo “Quiero, pues, que las viudas jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa; que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia. “(1 Cor 5:14).
Esta idea horrorizó a mi amigo, quien me aseguró que las viudas jóvenes tendrán que casarse con otros viudos, ya que los padres hispanos no aceptarían que sus hijos se casen con mujeres con hijos. Su protesta fue vehemente y repetida, por lo que tuve que meditar en serio sobre el asunto.
Traté de imaginar, caritativamente, que esta actitud nazca del deseo razonable de los padres de evitar a sus hijos el empuñar una responsabilidad más grande de la que ellos están capacitados para asumir. Sin embargo, la insistencia de mi amigo, me hace creer que más bien esa actitud refleja la expectativa, más bien carnal, de que sus hijos se casen con “Blancanieves” (claro que sin “los siete enanitos”).
De ser así, eso reflejaría un énfasis indebido en la “virginidad” física aparente, y una actitud más bien inmadura, espiritualmente hablando. La “virginidad” (real o asumida), no es garantía de pureza, la que es más bien asunto de conciencia y del corazón. El Presidente que protestó que “no tuve sexo con esa mujer” aplicaba un estándar físico falso e hipócrita. La valoración desmesurada de la virginidad es un trazo que nos ha quedado de la enorme herencia musulmana, adquirida durante los 800 años de ocupación mora del sur de España. Además no veo cómo podremos obedecer a la Palabra con ese estándar, dado que el 63% de los niños puertorriqueños que nacen en los EEUU nacen fuera del matrimonio. No es por tanto probable que haya suficientes viudos para cumplir el mandamiento y suplir por lo menos una fracción de la necesidad.
Por el contrario, el amor cristiano “cubre”, o sea, compensa, por una multitud de pecados. El esposo amoroso ama a su mujer “así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.” (Efesios 5: 21-25)
Yo creo que es un gesto “de lo más cristiano” contemplar a esas mujeres “de segunda”, que otros han desechado y muchos pasan por alto. Creo que expresa exactamente la actitud de Cristo, quien después de todo, escogió casarse con una mujer “de muy mala vida”, o sea con nosotros, la iglesia, compuesta de pecadores redimidos. Entiendo el temor de padres que teman la repetición de un fracaso romántico para sus hijos solteros e inexpertos. Pero sospecho que detrás de esa sabiduría podría haber algo del temor por el estigma social, el “temor al qué dirán” tan famoso en nuestra cultura. E incluso podría haber alguna ilusión romántica de parte de los padres que a veces quieren cumplir sus sueños a través de sus hijos.
Por otra parte se, por haberlo observado en algunos casos, que quienes descubran cristianas sólidas que son madres solteras, las atesoren y rediman, dándole padres a sus hijos, encontrarán esposas muy agradecidas, posiblemente más maduras, realistas y libres de ilusiones.
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