(Click here for English) Hace poco, mi esposa y yo hicimos una decisión de trabajar juntos, combinando más de cerca nuestros dones personales y profesionales. Después de casi 40 años de vivir juntos, los roces que comenzamos a experimentar en nuestra relación nos tomaron de sorpresa. Hace tantos años que vivimos como aliados, que asumimos que ya habíamos rebasado nuestras diferencias y que habíamos aprendido a hacerlo todo juntos. Juntos hemos enfrentado las realidades de la vida, juntos criamos los hijos, juntos compartimos los retos de la fe y nos adaptamos al inevitable desgaste de nuestros cuerpos jóvenes. Nuestra unidad parecía ser segura, completa, fácil… hasta que tratamos de trabajar más de cerca.
La vida, voy constatando, es una serie constante de ajustes, renuncias y negociaciones. Porque lo que Dios quiere de nosotros es santificarnos, o sea, hacernos más y más parecidos a su Hijo Jesucristo y eso no se logra sino mediante tribulaciones y sufrimientos debidamente aprovechados para crecer. No hay un punto en que dejamos de crecer, sino que aceptamos diariamente morir a nosotros mismos para convertirnos paulatinamente en esa “nueva criatura” que nos promete Dios.
El amor requiere una vida de adaptación al prójimo. Y si nuestro prójimo es de una cultura diferente, como lo es en nuestro matrimonio “mixto”, esto es aún más difícil, ya que se añade a las pruebas normales de la vida. Luego de la luna de miel aprendemos cómo convivir en paz. Vivir con otro no es fácil, ni tampoco ganarse la vida, vivir con lo que tenemos, seleccionar amigos en común, y aprender a entender, aceptar y amar nuestra nueva familia, la del consorte.
Luego viene el nacimiento del primer bebé. Hay que negociar cómo se deben de cuidar, criar, instruir, y disciplinar los hijos. Y cuando estos van creciendo, adoptamos nuevas amistades con otras parejas que tienen hijos de edades similares, para ayudarnos mutuamente y para darles buenos amiguitos a nuestros hijos.
Luego viene la edad escolar, donde hay que adaptarse a los valores, trasfondos y temperamentos ajenos, a los requisitos del sistema, a las influencias de maestros y compañeros de escuela sobre nuestros hijos. Tenemos que enseñarles cómo vivir en sociedad, y hacerlo juntos, combinando fuerzas y evitando la tentación de dividirnos por ser dos seres diferentes.
Y qué decir de la pubertad, la adolescencia y la juventud de nuestros hijos? Nuestros “niños preciosos” se vuelven súbitamente unos seres incomprensibles, como extraños que se mudaron a nuestra casa. Desarrollan sus propias opiniones, gustos, amistades y decisiones, sin que nosotros podamos controlar ni entender, como lo hacíamos antes. Esta es una etapa difícil tanto para los padres como para los hijos, ya que todos nos sentimos novatos al mismo tiempo.
Cada crisis, cada desacuerdo, cada desavenencia nos obliga a recurrir al divino arbitraje, para que Él nos enseñe el mejor camino y nos vuelva a unir en torno a Su voluntad (y no la nuestra). Si no insistimos intencionalmente en poner a Dios de por medio en todas nuestras diferencias (y recordemos, que en el matrimonio cristiano Él habita en medio del nosotros) nuestra carne encontrará mil ocasiones para sutilmente dividirnos. Puede que no nos divorciemos, (aunque algunos así lo resuelven en su corazón mucho antes de ponerlo en práctica). Otras parejas resolvemos las diferencias estableciendo una “división del trabajo” que se convierte en dos jurisdicciones exclusivas y luego en dos vidas y paralelas. Convivimos, pero no completamente. Y para reforzar esa separación creamos unas “tierras de nadie”, campos minados donde nadie se aventura.
Pese a la dulce unidad de que gozábamos no debió habernos sorprendido a mi esposa y a mí que el reto de tener que trabajar juntos haya desestabilizado una vez más la relativa paz que preferimos. Es que nos olvidamos muchas veces que seguir a Cristo no es fácil: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” (Lucas 9:23). Y la búsqueda de una vida sin problemas es una ilusión peligrosa.