(Click here for English translation) Esta semana tuve la oportunidad de participar un retiro de hombres hispanos. Dieciséis de nosotros nos reunimos en unas cabañas junto a un lago y tratamos temas propios de los hombres: amor, matrimonio y sexo desde la perspectiva cristiana. Naturalmente, tuve la oportunidad de reflexionar sobre lo que es la verdadera hombría, en contraste con lo que pasa por una “virilidad” de la que hace alarde una buena parte de nuestra cultura hispana popular. Me refiero al “Machismo”, una tendencia cultural tan arraigada, que ha llegado a convertirse en una caricatura de lo que es nuestra cultura.
En sus expresiones más exageradas, el Machismo se manifiesta en hombres violentos e iracundos que maltratan a sus mujeres y se pelean entre ellos por sus “amores”, o en Don Juanes, conquistadores y zalameros que engañan y seducen a doncellas. Otras expresiones menos extremas son los “Latin lovers” de nuestras telenovelas y películas, que también celebra el cancionero popular de cualquier parte de Hispanoamérica, cuyos protagonistas están perdidamente enamorados de alguna mujer.
Desgraciadamente, estos roles no son ni tan reales como se los pinta, ni tan raros como lo quisiéramos. Hay ciertamente una caricatura del hombre hispano que se ha generalizado por todo el mundo, gracias a Hollywood, Broadway y Madison Avenue, o sea, al cine, a los espectáculos y a la industria del mercadeo por los medios de comunicación masivos. Esa tendencia a hacer del hispano un prototipo aberrante, es la versión contemporánea de la Leyenda Negra que históricamente pintó a España con pinceles muy oscuros, fruto de la envidia Anglo-Europea del Imperio colonial de España en los siglos XVI al XVIII. Como caricatura no es nada más que eso, una exageración diseñada para hacer reir, a costa de ridiculizar las debilidades de otro.
Pero, desgraciadamente, es innegable que hay en el alma del hombre latino una tendencia a centrar la identidad de los hombres en su capacidad de conquista y de proeza sexual a atribuirle una autoridad superior sobre la mujer. Esta tendencia no es universal, pero sí generalizada entre los varones latinos. El Machismo moderno no será como el de las películas, pero sí existe, y mide la virilidad en “conquistas.” En demasiadas parejas, el hombre se considera más importante que su mujer, viéndola a ella como un complemento suyo y no como una persona con su propio valor, llamado, visión y vocación. A la desigualdad económica entre los sexos, que se da universalmente, se suma en nuestra cultura, una desigualdad más o menos implícita, en el valor humano.
La prepotencia masculina es un fenómeno universal. Ese abuso de poder que inconscientemente el hombre ejerce sobre su mujer es resultado de la Caída, tal como Dios se lo dijo a Eva: “El se enseñoreará de ti” (o sea, va a querer dominarte, Génesis 3:16). En contraste, el Machismo, que recibe su nombre de nuestra lengua porque nos es característico, va más allá. Demasiados hispanos medimos nuestra hombría sobreponiéndonos sobre nuestras mujeres, social, emocional o sexualmente.
Esta desigualdad destruye la felicidad, reduciendo a muchas mujeres a un rol secundario y robándole al hombre el consejo, el complemento y el contrapeso de su igual, su “ayuda idónea”, Dios nos la dio… por la necesitamos! Subordinadas indebidamente, muchas las mujeres entierran su talento y sólo pueden ejercer influencia en las pocas áreas a las que su rol las circunscribe.
El Machismo es una lacra social. Hace infeliz a millones de mujeres y de niños, desprotegidos ante la infidelidad y prepotencia de los hombres, y debilita, divide y empobrece a la sociedad. En cambio, el Evangelio dignifica a la mujer comenzando con Eva, la madre de todos los vivientes, a quien Dios prometió que su descendencia derrotaría a la descendencia de quien la engañó. Ya es hora de que abandonemos el placer fugaz de la dominación machista, cuyo precio son las lágrimas secretas de generaciones de mujeres e hijos maltratados.
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