Tuesday, October 13, 2009
(Click here for English) Creo que es importante tener una perspectiva mesurada, espiritual y bien informada sobre Cristóbal Colón. He leído mucha “desinformación” sobre el navegante genovés, el cual ha sido objeto de gran ataque, porque su sólo nombre evoca todo lo que ocurrió a partir de su Descubrimiento.
Históricamente Colón ha sido un personaje admirado por haber comprobado que era posible alcanzar el este navegando hacia el oeste y en el proceso por haber descubierto todo un continente cuya existencia la mayoría de los europeos desconocía. Su viaje permitió comprobar no la redondez, sino el tamaño del globo terráqueo. El persistente mito de que los europeos aún creían que la tierra era chata es una fantasía literaria de Washington Irving. Los europeos sabían que la tierra era redonda desde el siglo III antes de Cristo, cuando Ertasthótenes lo afirmó y su compatriota Ptolomeo aventuró una medida de la circunferencia de la tierra bastante menor que la real, que fue la que asumió Colón. Lo que Colón añadió fue su determinación de cumplir la Gran Comisión y su fé en obedecer la urgencia del Espíritu Santo, tal cual él mismo lo confesó.
Muchos hoy en día le achacan injustamente a Colón todas las consecuencias de la Conquista y la Colonización Española. De hecho, Colón denunció el abuso sexual de los indígenas en varias cartas, y pidió repetidamente más personal religioso para reformar la mala conducta de los españoles. Fue precisamente su esfuerzo por imponer orden en la desordenada y rebelde colonia de La Hispaniola lo que causó que lo acusaran falsamente y lo enviaran a España en cadenas. Colón no sólo no se aprovechó de las indígenas desnudas, sino que hizo vestir y devolver a sus padres a una adolescente que le “regalaron” como ofrenda de paz.
Para los cristianos, la hazaña de Colón significa un paso sin igual hacia el cumplimiento de la Gran Comisión. Cristóbal Colón insistió que esta era su misión ante los Reyes Católicos, en su primera entrevista en la ciudad de Granada, en su carta introductoria del Diario de Navegación de su primer viaje y de su Libro de las Profecías. De hecho, en ese libro, el único que se conserva escrito de puño y letra por Colón y tres frailes amigos, él documenta que fue el Espíritu Santo quien lo instigó a emprender su famoso viaje, para que el Evangelio fuera predicado hasta los confines de la tierra. En sus 84 folios Colón respalda su argumento con más de 80 pasajes bíblicos y hace otras 108 referencias indirectas a la Sagrada Escritura.
Colón fue indudablemente un cristiano de fé viva, como lo demuestran varios pasajes de sus escritos y su apego a la iglesia de su época (Colón murió en 1506, once años antes que Lutero clavase las 95 Tesis dando comienzo a la Reforma). Sus mejores amigos fueron varios frailes, siendo él mismo un Terciario de la Orden Franciscana, con cuyo hábito fue sepultado.
Colón no fue un cristiano del todo ejemplar. Uno de sus errores fue hacer vida conyugal sin beneficio de matrimonio con Doña Beatriz Hernandez con quien tuvo su hijo Fernando. Esta conducta, que contradice la costumbre de Colón de vivir en conventos después que enviudó, se entiende porque los españoles de su época sólo se casaban con mujeres de estatus social superior, para mejorar el propio.
Otra falla moral de Colón fue prometer vigorosamente el botín de América como una escusa para financiar sus otras tres expediciones. Uno de los retos que enfrentó Colón fue cómo financiar su Empresa de las Indias. Por tanto, adoptó el lenguaje y las motivaciones de sus financiadores. Sus afanes no le trajeron riqueza personal. No vaciló en traer 1,200 indígenas para venderlos como esclavos en Europa. La Reina Isabella dijo: “¿Quién es él para tratar así a mis súbditos?” y ordenó que los indios fuesen devueltos “exactamente a los lugares de donde habían sido tomados.” Y la Corona nunca le pagó un maravedí de la porción que le tocaba. Como rezaba el libro de historia de mi niñez, “Colón murió pobre y olvidado en Valladolid.”
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Tuesday, September 29, 2009
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Click for English) En estos días la prensa norteamericana está llena de detalles nauseabundos de la revelación pública de un sórdido secreto de una familia de “estrellas” de Rock. Una hija confiesa en una biografía sin barreras, y sin rubor ni arrepentimiento, su relación incestuosa de muchos años, “entre adultos en edad de consentir”, con su padre, en una atmósfera de fama, dinero, drogas y degradación moral.
Es signo de decadencia social el que los medios mancillen sin compulsión la conciencia y el pudor ajenos para satisfacer su apetito de lucro, aprovechándose del hambre de lascivia que han ido desarrollando en el público vulnerable. Ya vimos el uso político de ese subterfugio que apela al interés lujurioso publicando supuestas “noticias” con detalles escabrosos, cuando los líderes republicanos del Congreso, publicaron en el Internet la investigación completa del affair presidencial de Clinton en la Casa Blanca. Mientras pretendían ser guardianes de la moralidad cívica, mancillaron la conciencia del las generaciones inocentes colocando en el Ethernet una piedra de tropiezo, todo para sacar provecho político inmediato.
No en vano está juzgando Dios a nuestra sociedad norteamericana, mostrándonos cada día más irrefutablemente la maldad que se esconde en nuestros corazones. Señor: ¡llévanos pronto al fin de este escarmiento, para que antes que derrames la copa de tu ira, nos inundes con su misericordia y nos permitas a tus hijos y a los que hemos de ser tuyos, aullar de arrepentimiento!
Estas reflexiones me impactaron especialmente esta semana porque oí la dramática historia de dos niñas centroamericanas, lo que me llevó a contrastar la trayectoria entre nuestras dos culturas. Una, forjada en la teología protestante del Pacto, que está abandonando sus fundamentos y cayendo en la decadencia. La otra, la cultura de mis ancestros, edificada “a ojo” sobre una teología que apenas conoce el Pacto, se encamina cada día hacia su transformación en una cultura de Pacto, gracias a la Misericordia Divina que está enseñándonos a leer la Palabra de Dios, texto del Pacto.
Oí los detalles sobre dos niñas, apenas adolescentes de 13 años de edad que están, para su propia protección, alojadas en un hogar para madres adolescentes que sostiene el gobierno de un país centroamericano. El papá de una criatura es el padre de una de las niñas y el de la otra es un tío.
Desgraciadamente, historias como estas se dan por toda América en millares de niñas y adolescentes usadas por sus padres, sus parientes cercanos, sus vecinos o quienquiera haya deseado hacer uso de ellas. Frecuentemente estos abusos aberrantes se excusan por el alcohol, la ignorancia y el hacinamiento de familias enteras en espacios inadecuados. Y, desgraciadamente, la mayoría de los casos permanecen envueltos en “secretos de familia”, a veces por toda una vida, ocultos tras una serie de “velos” de amenazas, culpabilidad, negligencia, vergüenza, acusaciones y engaño. Se conocen imperfectamente por historias susurradas entre niños, chismes entre comadres, crímenes pasionales o confesiones apresuradas ante la inminencia de una muerte.
Es que en una cultura sin Pacto, la mujer es poco más que una presa codiciada. La cultura machista la vé como un objeto de placer sexual para el varón, despersonalizada y deshumanizada. Por eso algunas culturas musulmanas cubren sus caras con velos o de pies a cabeza con “burkas”, ya que si muestran en lo más mínimo su cuerpo, las culpan de provocar de la incontinencia masculina y hasta las matan “para mantener el honor de la familia”.
Desprotegida del varón, que debiera ser su cobertura, en la cultura sin Pacto la mujer es asaltada, violada y abusada por cualquiera que tenga la oportunidad. Y las niñas, más débiles, inexpertas, dependientes de sus mayores y por tanto expuestas a su negligencia y abuso, son las que más sufren estos ataques de la lujuria masculina, principalmente a manos de aquellos que por virtud de su parentesco o proximidad, tienen mayor oportunidad de acosarlas a solas. Luego, sus madres no se lo creen, lo encubren o las culpan.
Hasta la iglesia puede hacerse cómplice de estas aberraciones. Conozco el caso de alguien que confesó a su sacerdote el acoso sexual de su cuñado, y éste la amonestó a soportarlo en silencio “para no destruir el matrimonio de su hermana.”
Tuesday, September 22, 2009
(Click here for English) Mi amigo Pedro Moreno, fundador de la organización “Father Daughter Alliance” (FADA, www.fada.org) la estableció hace poco en la India, cuya población (1.100 millones) ya está por alcanzar la de China (1.200 millones) como el país más populoso del mundo. Sin embargo, en cuanto a los menores de 15 años, India ya rebasó la China, con la mayor población infantil del mundo: 312 millones de niños. Con su terrible política de “sólo un hijo” China ha logrado revertir su crecimiento demográfico abortando en masa a sus hijas, mientras que en la India la mitad de la población infantil es femenina. El problema allí es que los padres no envían a sus hijas a la escuela desde una edad temprana.
Mi amigo Pedro cuenta la siguiente conversación que tuvo con un grupo de padres pobres en Nueva Delhi:
“Como tenemos escasos recursos, ¿nos permitirían inscribir sus hijas en la escuela en lugar de sus hijos?” Luego de pensarlo un poco, los padres dieron su consentimiento. Explorando más a fondo, les pregunté (mi traductor no quería hacerles la pregunta):
”¿Y si mientras su hija está en la escuela, un bebé en la casa necesita que le cambien los pañales, consentirían Uds. en que sus hijos varones los cambien?” Alguien me respondió la verdad: “Es que a los niños les gusta jugar, mientras que las niñas son mejores para cambiar los pañales.”
A la verdad, la respuesta hubiera sido la misma de Peshawar a Patagonia, de Pyongyang a Port au Prince. A través de todo el mundo subdesarrollado la condición de las mujeres, jóvenes y mayores, es mucho peor que la de los varones de la misma edad, gracias a una preferencia casi universal por los varones. Esta situación está bien documentada en la historia, y son pocas las culturas que escapan tal patrón.
Recuerdo una conversación casual que tuve con una vendedora en San Salvador, en la que ella me contaba tristemente, delante de su hijita de unos 4 años, la desgracia de haber tenido una niña en lugar de un varón. Cuando le pregunté por qué era una desgracia, me contestó con un gesto y en un tono que no daba lugar a dudas que el tener un varón era mucho más preferible, dadas todas las ventajas que implicaba.
Históricamente, el cristianismo, particularmente en su versión reformada, ha tendido consistentemente a mejorar, si bien no curar, el desbalance cultural a favor de los varones. En los Estados Unidos las mujeres obtuvieron el voto sólo en 1920 y en Suiza en 1950. El movimiento feminista ha logrado mejorar las cosas, a expensas de la estructura familiar. Hoy en día en los Estados Unidos el nivel de educación de las mujeres ha rebasado el de los varones, y su número es muy superior al de éstos en las universidades.
Pero, en los países en vías de desarrollo, las mujeres están muy rezagadas en la educación en comparación con los varones. Las dejan en casa para ayudar con las tareas y el cuidado de sus hermanitos menores. La educación, sobre todo más allá del tercer o cuarto grado, es vista como un lujo innecesario que las economías de subsistencia no pueden darse. El plan de vida anticipado para las mujeres en la inmensa mayoría de los países y las comunidades pobres no requiere tener mucha educación: se casarán, criarán hijos, mantendrán la casa y servirán a sus maridos.
En nuestra cultura tradicional hispana las niñas son criadas para trabajar, mientas que los varones juegan. Hay una gran desigualdad en la manera en que los criamos, lo cual siembra patrones que darán fruto para toda su vida. El Evangelio está lentamente levantando a los hombres y a las mujeres de la esclavitud a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pero en cuanto a la preferencia cultural a favor de los hombres, el Evangelio apenas ha comenzado a surtir efecto en el mundo de habla hispana.
Las niñas no “son mejores que los varones para cambiar los pañales”. Ya es hora que reconozcamos nuestro patrón pecaminoso de pereza y privilegio masculino, y que tomemos nuestro lugar de hombres, como Jesús, convirtiéndonos en siervos de todos.
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Tuesday, September 15, 2009
(Click her for English Translation) Me gusta decirle a mis amigos angloparlantes que “el Inglés es el lenguaje de la Tierra, pero el Español es el lenguaje del Cielo” alegando que el Español es prácticamente la lengua de (la ciudad de) Los Ángeles. Y si no aprenden Español ahora, tendrán que hacerlo en el Purgatorio, antes de entrar al Cielo.
Como alguien que tuvo que hacerlo más de una vez, sé que aprender una lengua extranjera como adulto es un verdadero “purgatorio”. Sin embargo, el dominio del idioma Inglés como herramienta de aprendizaje, de trabajo y de acercamiento intercultural tiene hoy en día una importancia que es difícil de exagerar, porque hoy en día, el Inglés es la “lingua franca” de la tierra.
Sin embargo, millones de personas cuyas vidas serían muchísimo más fáciles, ricas y felices si lograran conquistar esa lengua, enfrentan barreras internas y externas que les dificultan o impiden hablar en Inglés. Al escribir esta columna (blog) bilingüe he tratado de facilitarle la transición a algunos lectores, con quienes hoy quiero compartir algunas reflexiones sobre el aprendizaje del Inglés.
Los lenguajes dan forma y al mismo tiempo reflejan el alma de los pueblos. Las diferencias culturales entre los pueblos de habla hispana y de habla inglesa se manifiestan claramente en nuestras respectivas lenguas, no sólo en la gramática y el vocabulario, sino en su estilística. El Español es un lenguaje florido, donde la belleza se manifiesta por la riqueza y onomatopeya del vocabulario y la el giro y sonoridad del estilo, y en el que preferimos que el sentido sea alusivo y figurado. En cambio, el Inglés encuentra elegancia en la simplicidad, en la parquedad de palabras que hacen diáfana una lógica sin adornos, en frases directas que no dejan lugar a dudas sobre el sentido del autor.
El aprendizaje del Inglés no consiste en la mera traducción de lo que queremos decir, sino más bien un adentrarnos en la mente y el alma de un pueblo muy diferente. Los hispanoparlantes tenemos que aprender no solamente a comunicar la información sino a hacerlo en la forma en que el otro va a captar lo que queremos decir. Frecuentemente tenemos que rehacer nuestro propio pensamiento, hacerlo más claro, más lógico y más conclusivo, para luego poder traducirlo al Inglés. He tenido la bendición de aprender en mi propia casa, de mi esposa, una profesora de Literatura Inglesa, quien dice a sus alumnos hispanos: ¡Yo quiero que Uds. aprendan no sólo a escribir, sino a PENSAR!”
Además del hecho de que los adultos no memorizamos tan fácilmente como los niños, tampoco hemos desarrollado los músculos necesarios para hablar el Inglés bien. Cada lenguaje desarrolla un sistema muscular adecuado para reproducir sus sonidos. Para poder desarrollarlos, los extranjeros necesitamos tiempo, disciplina, un buen oído o un paciente tutor, cosas que no todos tenemos.
Por último, quiero compartir una teoría personal sobre los obstáculos políticos que dificultan el aprendizaje del Inglés, cosa que he visto corroborada en varias ocasiones, incluyendo mi propia experiencia. El lector extranjero no tendrá dificultad en reconocer que hay una fuerte corriente anti-yankee en el mundo de habla hispana, mezcla de orgullo nacionalista, resentimiento por el “imperialismo” y una predisposición a criticar al más fuerte, en defensa del más débil. (Aún me sorprende la inocencia de mis amigos norteamericanos que no logran comprender cómo puede existir eso.)
Así como el amor y la amistad pueden proveer una gran motivación para aprender una lengua ajena rápida y correctamente, el resentimiento y la animadversión política pueden retrasar e incluso impedir que alguien doblegue su lengua y su voluntad para aprender la lengua de aquellos a quienes mal quiere. He visto más de un caso en que alguien tuvo que reconocer que sus convicciones políticas le impedían abrazar el hablar y el alma del otro, y que, cuando “perdonaron” políticamente a sus adversarios, lograron un progreso asombrosamente rápido en el manejo de su lengua.
Es que aprender una lengua ajena requiere, en el mejor de los casos, una buena dosis de amor por el otro pueblo. Envíe sus comentarios a blog@joselgonzalez.com Lea otros artículos sobre nuestra cultura hispana en www.semilla.org Hasta la próxima semana….
Tuesday, September 01, 2009
(Click here for English) Ayer me tocó compartir una charla sobre la consejería pastoral. Terminada la sesión, se me acercó una joven que tímidamente me pidió que le concediese unos minutos en privado. Percibiendo que se trataba de una necesidad urgente, nos dirigimos hacia donde, aunque en público nuestra conversación no corría el riesgo de ser oída y oramos que el Señor nos diera sabiduría.
Era una joven esposa, casada con un ministro del Evangelio, que había descubierto accidentalmente hacía dos años que su marido miraba pornografía. Lo había confrontado, pero seguía cayendo en su pecado y se rehusaba a confesarlo ante nadie, insistiendo que él podía vencerlo solo. Últimamente ella había encontrado imágenes guardadas en la computadora de la iglesia, y películas pornográficas que él había comprado. La esposa trataba de ayudarlo, trabajando cerca de él para que se sintiera observado, pero el insistía en usar la laptop a solas. Y cuando ella le decía que no podía seguir predicando mientras estaba en ese pecado habitual, él prometía que con poner un “bloqueo” en su computadora era suficiente, pero ella temía que sin haber confesado su pecado a alguien, él no rendiría cuentas a nadie.
Es difícil describir lo que siente una mujer cuando descubre que su marido tiene una sórdida vida secreta y la ha engañado por años. Se siente traicionada, usada y deshonrada y siente repugnancia ante sus caricias. Su lecho matrimonial ha sido mancillado, y pierde el respeto por su marido, cuya autoridad cuestiona y le cuesta aceptar. Esta esposa no quería abandonarlo y temía que al negarle su abrazo lo empujaría aún más a su vicio habitual. Pero, como cristiana, sabía que él debía seguir ministrando la Palabra de Dios mientras vivía un engaño, poniendo a los creyentes bajo la influencia de su mentira. Ella le pedía que dejara su ministerio y buscara ayuda, pero él se rehusaba. ¿Qué debía hacer una mujer en tal caso? me preguntó.
Le dije que antes que su problema tenía tres dimensiones con diferentes prioridades: primero, peligraba la vida espiritual de su esposo, segundo peligraban las ovejas a su cargo y por último su propio matrimonio estaba en grave riesgo. Su esposo estaba ofendiendo a Dios, engañando a sus ovejas, y quebrantando su pacto matrimonial, porque mirar a una mujer con lujuria es adulterio, aunque se trate de imágenes virtuales. Entender la situación de esa manera la ayudaría a no actuar bajo el impulso natural de auto-protección, sino como un instrumento de Dios y agente de sanidad para el hombre, para el Reino y para su propio matrimonio.
Es muy difícil, pero cuando la vida peligra necesario, que una mujer tome autoridad sobre su marido caído. Le dije que él tenía un cáncer que tenía que ser tratado radicalmente para su propio bien, y así como no escatimaría esfuerzos en el caso de una enfermedad física, debía hacerlo en el caso espiritual. Un lobo rapaz (o sea, el adversario) se había metido en el rebaño lo cual requería alertar a las autoridades. Y la única esperanza para su matrimonio era apelar a la misericordia de Dios para que lo sanara a fondo. Ella no estaba obligada a cederle su cuerpo a su marido infiel, pero sí, por amor, a darle toda la ocasión de ser sanado y restaurado.
Lo ideal sería que él reconociera su falta y confesara ante sus autoridades para que ellos apliquen la disciplina necesaria, supervisando su tratamiento y restauración como hombre, como esposo y posiblemente como ministro. No había garantía que se sanaría, y habría tensión y trastornos, pero valía la pena luchar por el hombre que amaba. Si su marido confesaba, ella debía tratarlo como un enfermo: apoyarlo y acompañarlo hasta que se sane. Pero si no lo hacía, ella no tenía otra opción sino denunciarlo ante sus autoridades y tratarlo como un delincuente que cae en manos de la ley: esperarlo fielmente mientras él cumple su condena.
Pido al lector que ore por esta esposa que enfrenta una situación tan dura (y tristemente común).
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Tuesday, August 25, 2009
Ayer conversaba con un líder internacional de una gran denominación, quien me explicaba que al estudiar la teología aplicable al tema de la Inmigración descubría que Dios ha usado los movimientos migratorios para llevar Su Evangelio a toda la tierra. Su posición es que la iglesia debe ministrarle a todos en cumplimiento de su deber, sin importarle su estatus legal migratorio.
El Apóstol Pablo nos enseña que los cristianos tenemos, por el solo hecho de serlo, una doble ciudadanía, ya que pertenecemos a dos reinos simultáneamente: el Reino de los Cielos y al reino (o nación) terrenal que nos corresponde a cada cual. No cabe duda cuál de esos dos reinos tiene mayor importancia: el spiritual, que es eterno e infinito o el material que es temporal y limitado.
Sin embargo, tenemos que tener cuidado de no caer en el error de despreciar lo terrenal, porque de hecho hemos sido creados para vivir en este mundo, si bien temporariamente, y nuestra responsabilidad mientras en él vivamos es cumplir el propósito de Dios, aquí y ahora. Dios ama su creación natural, pese a que esta es efímera, y la ha dotado de un propósito: el servirnos para cumplir nuestra misión eterna. Es secundaria, pero es importante; lo natural es un instrumento, no un enemigo, de lo eterno.
Por causa de la Caída, los dos reinos se encuentran a menudo en conflicto. Las demandas del uno frecuentemente contradicen o parecen contradecir las del otro. Por eso, la interpretación teológica de mi amigo, de que la iglesia debe de ministrar a todos SIN inmiscuirse en el asunto de su estatus legal, suscita fuerte controversia aún entre cristianos. Muchos, especialmente en esta época en que diversas propuestas de reforma en las leyes migratorias de los Estados Unidos, se sienten ofendidos por la ola de inmigrantes indocumentados que ha entrado al país en los últimos diez años. Como consecuencia, sus instintos cívico/políticos tienden a polarizarlos hacia aquellos mandatos bíblicos de obediencia a las leyes. Otros, cuyos sentimientos de compasión les hacen ver las enormes dificultades y riesgos que viven los emigrantes indocumentados y sus familiares, los llevan a enfatizar los mandatos bíblicos de hospitalidad hacia el extranjero y solidaridad con sus penurias.
Este espacio no me permite hacer un análisis profundo de la situación con todos sus “bemoles”. Sin embargo, podemos ver que parte del problema, por lo menos desde la perspectiva de mi amigo, es ese conflicto que suele ocurrir entre los dos reinos. Como ciudadanos de nuestra nación, los cristianos queremos respetar y acatar las leyes. Sin embargo, como ciudadanos del Reino de los Cielos reconocemos como prioritario el amor al prójimo y la solidaridad con sus necesidades.
En honor a la verdad, los cristianos tenemos que reconocer, antes que nada, la complicidad del sistema político, económico y jurídico de la nación en permitir que con impunidad entrasen y se ubicasen sin la debida documentación millones de seres humanos en esta nación. Los responsables, tanto gobernantes como ciudadanos lo hicieron por conveniencia, política o económica, por obligación de familia, o como una protesta ante leyes que consideraron injustas o inaplicables. Pero sea por la causa que sea, el hecho es que ha habido una complicidad masiva de parte de las autoridades y del pueblo norteamericano en dejar entrar, trabajar y arraigarse a esa masa de indocumentados.
Por otro lado, los cristianos también tenemos que entender que quienes manejan los argumentos políticos, apelando a sentimientos patrióticos o solidarios, evocando la lógica o la religión, en muchos casos representan intereses partidarios, económicos o afectivos (lazos de familia, solidaridad de clase, etc.) y que por lo tanto, sus argumentos tienen que ser sopesados cuidadosamente, para no dejarnos arrastrar y convertir en instrumentos de otros sin saber cuáles son sus verdaderas motivaciones.
Si, los reinos se encuentran a menudo en conflicto. Pero es el privilegio de los cristianos encontrar en la Sabiduría de Dios, las motivaciones, el tono, los argumentos y las propuestas sensibles, que ayudan a reconciliar las relaciones y a encontrar soluciones que pueden recibir un apoyo amplio por la ciudadanía. Esta es parte de nuestra misión de reconciliadores, de hacedores de paz, y sembradores de justicia.
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Tuesday, August 18, 2009
(In English)
La crisis migratoria en los Estados Unidos pone en conflicto los intereses inmediatos de la ciudadanía con los valores fundamentales de la nación. Por ejemplo, al concebir cómo proteger a la ciudadanía de la entrada de elementos destructivos por una frontera enorme y prácticamente abierta, corremos peligro de perder substancialmente la libertad interna y parecernos a un estado policiaco. El determinar cuántos y qué clase de emigrantes vamos a recibir en el futuro, nos confronta con una decisión respecto qué clase de nación somos y queremos ser. Y el contemplar qué se ha de hacer con los inmigrantes indocumentados que ya están en el país nos obliga a reconocer nuestra complicidad, política, económica y social, en su presencia.
El debate público, por veces enconado, sobre el asunto, pone al descubierto el desgaste moral de nuestra nación. Ante el peligro del terrorismo, la libertad, como se dice popularmente “ya no es tan importante como nos parecía.” Confrontados con una ola humana que ha llegado a estas tierras sin permiso, el precio de ser la nación que quisiéramos ser se puede haber vuelto demasiado caro, rebasando la paciencia del pueblo y la viabilidad nuestra red de seguridad social. La “invasión” de gente cuya apariencia, conducta y cultura inspira desconfianza en muchos de nosotros, y su ofensa de haber violado nuestro espacio cívico, despierta instintos racistas latentes, que son fácilmente manipulables para nutrir ambiciones políticas.
Se suma a esto la culpabilidad colectiva que todos compartimos por haber permitido y postergado el encarar esta irregularidad masiva. Tanto el sistema político, como el económico y el sistema social han contribuido significativamente al fenómeno de una masa humana de emigrantes indocumentados y nos hacen cómplices, no sólo jueces, de la situación.
El número de indocumentados que están en el país se estima consistentemente en 12 millones. Esto equivale al 4% de la población nacional, o sea, que de cada 25 personas hay una que no tiene papeles para estar viviendo y trabajando aquí. Una masa tan grande de individuos jamás podría haberse radicado, ni encontrado trabajo, casa y servicios mínimos, si no fuera con la complicidad tácita o activa de un segmento grande de la población que los emplea, les provee servicios y convive con ellos.
Sin embargo, a la hora de decidir qué hacer con toda esa población que vive en la penumbra legal, la mayoría de los norteamericanos y residentes legales ignoramos nuestra responsabilidad, personal o colectiva, por haber creado el problema.
Una ley que casi todos ignoran es una mala ley: no sirve los propósitos sociales que debe de servir toda ley. Las leyes migratorias en los Estados Unidos no han sido implementadas porque ya no sirven bien el interés nacional. Por eso ha faltado la voluntad política y el consenso social necesario para aplicarlas consistentemente. Por décadas las políticas gubernamentales han sido ambivalentes respecto al emigrante, y esto ha creado las condiciones para que una gran masa de ellos haya logrado entrar o quedarse sin los papeles correspondientes.
Es que ser “una nación de emigrantes” es una parte importante del mito nacional estadounidense. Le llamo “mito” no por ser falso, sino porque encarna unos valores con los que se identifica profundamente la conciencia nacional.
Creemos pertenecer a una nación noble, generosa y solidaria, que recibe con brazos abiertos al pobre, al humilde y al desvalido.
Creemos ser una patria donde la libertad es un derecho inalienable en la que todos los seres humanos poseen igualmente una dignidad augusta.
Y estamos convencidos de ser una tierra de oportunidades que ofrece al que está dispuesto a trabajar por ellas las posibilidades infinitas del “sueño americano”.
Ser “una nación de emigrantes” refuerza ese mito nacional que cualquiera puede llegar a ser parte de esta América y gozar de libertad y prosperidad, si se adaptan, se integran y se unen al experimento nacional. Pero mantener el “sueño americano” requiere de una virtud cívica de sobriedad, integridad y auto control que los norteamericanos y emigrantes legales de hoy hemos vendido por un plato de lentejas. El costo de la permanecer libres puede exceder nuestra capacidad de administrar nuestra libertad.
Wednesday, August 12, 2009
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Esta semana la Honorable Sonia Sotomayor fue instalada como Juez de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos. Su acceso a la máxima corte del país, le asegura un lugar en la historia: es la primera persona (y la primera mujer) hispana que obtienen ese logro y con él, el más excelso honor cívico que haya alcanzado un hispano en la historia de este país hasta hoy.
No es poca la honra ni el “orgullo de raza” que sentimos todos los hispanos que vivimos en los Estados Unidos. El hecho de que una hija de emigrantes puertorriqueños haya ascendido al tope de la estructura gubernamental del país es motivo de de alta celebración.
Otra heroína de esta hazaña es su madre, Celina Báez de Sotomayor, quien viuda con hijos chicos, trabajó para darles la mejor educación. Su fruto en su hija mayor servirá de aliento para todas aquellas madres que sacrifican sus vidas para criar hijos solas. Lo es también para todos los emigrantes, para quienes Sonia Sotomayor demuestra que el “sueño norteamericano” de que en esta tierra todo es posible para quienes se lo proponen y trabajan con denuedo e inteligencia, es verdad.
La Honorable Juez viene de un trasfondo humilde. Nació de un padre con escasa educación que no hablaba Inglés hasta que falleció, cuando ella tenía nueve años. Su familia vivió en barrios decididamente pobres donde el crimen abundaba durante toda su infancia. Sonia Sotomayor se suma así a su colega Clarence Thomas, otro católico de procedencia minoritaria y de clase humilde que sirve en la Suprema Corte desde 1991.
Pese a todo ese orgullo y el encomio que la nueva Juez se merece, su ascensión despierta sentimientos contradictorios en algunos ciudadanos. Me recuerda el día en que el primer presidente de descendencia negra fue electo en este país. La inmensa mayoría de la nación, por no decir toda ella, se sitió justamente orgullosa de haber electo y a alguien de una raza históricamente discriminada. Aún quienes no concordamos con su política celebramos aquel hito. Personalmente compartí un gozo indescriptible con mis hermanos de raza negra, con quien era imposible no celebrar una victoria común a todos.
De igual manera, cuando una persona de descendencia hispana asciende por primera vez a la Corte Suprema de Justicia, todos los que estamos conscientes de la larga marcha que esto ha costado, a ella y a muchos otros que le prepararon el camino, nos regocijamos. Es un logro para todos. Ella representa un orgullo legítimo para toda mujer, para todo hispano, para todo aquel que proviene de raíces humildes y para todo aquel que ama la igualdad de oportunidades. El programa de acción afirmativa le habrá abierto las puertas de Princeton, pero fue élla quien se ganó por sí sola el primer lugar entre sus compañeros en la escuela secundaria, en Princeton y en Yale.
Todo esto no elimina mi preocupación de que en la Corte Suprema de Justicia se sienta una persona que no cree en la universalidad de la ley, sino que la ve desde una perspectiva étnico-política. En una conferencia en Inglaterra en 1996, Sotomayor describió la ley como un sistema dinámico que evoluciona como la sociedad: “La ley que los abogados practican y que los jueces declaran no es una ley con una “L” mayúscula como a muchos les gustaría pensar que existe.”
Ella Sonia María Sotomayor viene de un trasfondo activista en pro de los derechos civiles de las minorías. En Princeton Sotomayor co-fundó “Acción Puertorriqueña”, la primera organización de estudiantes puertorriqueños de esa universidad, (cuya fundación apoyé a través de mi amiga y discípula Josie Torres) y al graduarse citó junto a su foto en el libro conmemorativo a un pensador socialista, Norman Thomas: “No abogo causas perdidas, sino causas que están aún por ganar.” Como estudiante de leyes formó parte de la asociación estudiantil de estudiantes negros, latinos y asiáticos, y adoptó una terminología “tercermundista” en algunos de sus discursos. Y por doce años fue miembro de la junta del Fondo Puertorrqueño para la Defensa de los Derechos Legales y la Educación.
Es que Sonia María Sotomayor fue parte de la generación de puertorriqueños (o “newyorriqueños”, como ella se ha declarado), que gestaron, diez años después que nuestros hermanos negros, la lucha por la reivindicación de los derechos de su gente. Y al alcanzar la primera magistratura judicial del país, sigue los pasos de otro paladín de su raza, el Presidente Barak Obama.
Tuesday, August 04, 2009
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He luchado por años con una tendencia cultural personal a llegar tarde.
Cada cultura tiene su propia idea del tiempo, basada en su cosmovisión. La mayoría de quienes nos criamos en una cultura tradicional hispana vemos el tiempo como algo que hay que gastar en relaciones, experiencias y aventuras, valores en sí mismos, aparte de si se logra algo en particular con el uso del tiempo. Por eso estamos siempre disponibles para celebrar lo que sea. En cambio, la cultura anglosajona considera que el tiempo es oro, que hay que invertirlo en lograr metas, y cumplir cometidos lo más rápido posible, para ahorrar el tiempo.
Tras esas ideas tan diferentes del tiempo hay dos diferentes cosmovisiones, nuestras asunciones sobre la naturaleza y el propósito de la realidad. La cosmovisión tradicional Hispana (que cambia bajo el peso inexorable de la secularización y del despertar spiritual) es muy “religiosa”, pero tiende a producir en mucha gente una conexión impersonal con Dios, mediada por ritos y rezos. Las emociones en nuestra religión se reservan más bien para una Madre imaginada, de modo que la mayoría de los adeptos de nuestra Iglesia histórica solo tienen una religiosidad “nominal”, o sea, de la boca para afuera. Una fe vital y eficaz inspira y capacita al creyente para crecer en su relación con Dios y para acatar Su Ley como regla de fe y de vida.
Yo creo que el Catolicismo español durante ocho siglos de subyugación y alternativamente acomodamiento y Reconquista contra los moros, adquirió algo de la cosmovisión fatalista del Islam. “Lo que será, será” parece describir bien este aspecto de la actitud Hispana hacia la vida.
Sin la Biblia y el Pacto que Dios nos ofrece en ella, el futuro pareciera depender del “Destino,” no de Dios. Sin conocer a Dios, uno tiene que adivinar Su voluntad, por lo cual, creo yo, muchas de nuestras expresiones idiomáticas son inciertas sobre el futuro. Cosas como “Si Dios quiere”, “Dios mediante”, “primero Dios”, acompañan típicamente muchas afirmaciones acerca de nuestros futuros planes, esperanzas y deseos. Expresamos nuestros anhelos y aspiracionees diciendo “Dios quiera”. Y la bella expresión “ojalá” viene de “Oj Alá”, si Alá lo quiere.
Alguien ha observado que nuestra lengua es ideal para expresar la incertidumbre. Mientras que el Inglés usa casi exclusivamente el modo “indicativo”, que afirma las cosas que son, en Español usamos mucho más el “subjuntivo”, el cual expresa incertidumbre, lo que tal vez sea, pueda ser, será o no será, y también el modo “condicional”, lo que sería o podría ser. Nuestros modales tradicionales requieren acercarnos indirectamente al tema y rechazar varias veces antes de aceptar comida. Preferimos protestar y regatear sobre los precios en lugar de fijarlos.
Es que sin el Padre y su Pacto no nos sentimos como hijos, sino como siervos. El temor permeará nuestra realidad. Incapaces de afirmar con certitud, no confiaremos en las promesas, incluyendo las propias. No sabremos que Dios nos ha dado el dominio sobre la tierra ni veremos al “tiempo” como un don que hay que usar para producirle fruto, sino como algo que podemos usar como queramos. El universo no será gobernado por Su Ley sino por el Destino. La puntualidad y el cumplimiento de promesas podrán parecernos como un valor secundario, casi imposible de lograr en un mundo tan incierto.
Para peor, en lo que a mi respecta mi propia lucha con la puntualidad ha sido tanto cultural como personal. Porque además de mi herencia, viví por décadas sin ley, en abierta rebelión contra toda autoridad, rehusándome a obedecer al rey o al reloj. Alternativamente I ignoraba u olvidaba mis promesas y siempre llegaba tarde. Inconscientemente encontraba algo para distraerme antes de cualquier cita, tentando el Destino retrasándome o comenzando un nuevo proyecto al último momento. Es que creía que toda obediencia a la Ley, a mis promesas o al reloj eran limitantes intolerables a mi “libertad.”
Como cristiano, Dios me ha librado de mi rebelión y me ayuda a obedecer Sus mandamientos. Pero, aún lucho con la idea cultural del tiempo que heredé y con la impuntualidad que de vez en cuando produce en mi vida.
Tuesday, July 28, 2009
(Click here for English) Mi amigo, un alto funcionario en una empresa multinacional me llamó el otro día con obvio entusiasmo: “El próximo lunes voy a México por primera vez. Me está enviando mi compañía para reunirme con unos proveedores. ¿Qué me sugieres? ¿Qué debo de esperar”.
Me tomó un momento ubicarme: mi amigo es un ingeniero bioquímico y al mismo tiempo un artista, artesano en cerámica. Es un norteamericano sureño, con todo lo que eso implica; él viaja frecuentemente por razones de trabajo a Europa y Asia, pero nunca ha pisado, que yo sepa, nuestro mundo latino.
Decidí abrirle los ojos poco a poco, para no asustarlo. Casi los norteamericanos han visto desde pequeños los estereotipos del mexicano de las películas, un indiecito vestido de blanco, con su poncho, sombrero y bigote tipo Pancho Villa. Suele ser un borracho, un bandido o un Don Juan. Pocos han conocido a un mexicano como aquel profesor que conocí, un científico puro, un matemático en realidad, a quien la Universidad de Princeton le pagaba un salario sólo para que les añadiera prestigio desarrollando y publicando desde allí sus fórmulas matemáticas comprensibles sólo para unos cincuenta matemáticos en todo el mundo.
Le dije a mi amigo: “Cuando llegues al D.F. asegúrate de te muestren el centro. Vas a ver un rascacielos en forma de pirámide invertida, más grande arriba que abajo.” “¿Cómo así?” exclamó, tal cual yo lo esperaba. “Es que los mexicanos son gente muy ingeniosa y creativa, le dije.” Y continué: “Recuerda que cuando Hernán Cortés llegó allá, se topó con la Octava Maravilla del Mundo: una ciudad más grande que cualquiera de Europa en su tiempo, construída enteramente sobre un lago.” “¡¿Un lago?!” me dijo casi sobresaltado mi amigo. “Si, le expliqué. Una buena parte del Valle de México era un lago, en medio del cual los Aztecas había situado su capital.”
“Y recuerda,” le añadí, “cuando descienda tu avión sobre la Ciudad de México, que estás en la segunda ciudad más grande del mundo, después de Calcuta.” El asombro de mi amigo hubiera sido cómico, si no fuera porque yo le estaba intencionalmente educando, y un maestro siempre respeta a los alumnos que Dios le manda. Lo asombroso, o por lo menos triste es que este hombre, educado, de carácter intachable y posición envidiable, nunca había tenido los elementos de juicio que le permitieran respetar una gran nación como México. Su educación, su medio ambiente social, su cultura y los medios de comunicación no lo habían equipado para ser un ciudadano respetuoso, ni siquiera de su país vecino. Cómo culparlo, cuando los únicos mexicanos que ha conocido son los que cortan los pastos, construyen o reparan casas, humildes trabajadores de escasa educación, y su única muestra de toda una gran nación.
Recuerdo otro amigo, pastor de una iglesia de clase media y alta de Texas con quien minitramos juntos a unos cuarenta empresarios en Monterrey. El Espíritu Santo conmovió a este hermano hasta las lágrimas cuando nos confesó sus prejuicios. ”Cuando me presentaron al Dr. Fulano, un teólogo graduado de uno de los mejores seminarios de los Estados Unidos me dije con sorpresa: ´¡Mira!... ¡un Mexicano educado!¨ Y cuando vi que todos tenían sus celulares sobre la mesa pensé ¨¡Mejicanos ricos!¨”
Qué triste es ser tan ignorante cuando se es tan poderoso! Cómo se ennoblece el corazón de nuestra gente, cuando sabiendo que muchos nos perciben así, los tratamos con amor, gratitud y paciencia, educándolos sobre lo que la vida no les ha dado la oportunidad de conocer. Millones de hispanos que emigramos a esta tierra demostramos una actitud similar a la de un poema de mi infancia:
Un pie atrevido, pisó una malva.
Y ella, que no conoce lo que es rencor ni lo que es venganza,
lo aromatiza con su fragancia.
Hermanos hispanos, perdonemos, eduquemos y bendigamos, a quienes no nos aman y hasta nos temen, porque no nos conocen aún. Y démonos a conocer según lo mejor que Dios nos ha dado.
Hasta el miércoles!